La Huida #1: Ruta en moto de Huesca a Biarritz

Por fin llega el día. Partimos hacia Biarritz con un objetivo claro: disfrutar. 1 500 kilómetros de reflexión, meditación y, a ratos, aburrimiento en las zonas de autovías interminables. Pero merece la pena sentir la moto, estrechar la relación con la máquina, tramar nuevos planes. Nos espera un empacho de motos, pero ¿hay plan mejor? Para nosotros no. GO!

“Aún no son las tres de la tarde, me da tiempo a recoger las pastillas al salir del curro, las cambio junto al aceite y filtro y mañana el viaje tranquilo…” Los cojones. Cuando la ley de Murphy aflora, de repente lo que supone un sencillo trámite de taller de hora y media se complica. “Bueno, al menos el aceite y las pastillas traseras están al día”. Ilusorio consuelo. En fin, las ganas de una ruta por delante rodeada de gente a la que le apasiona el mismo mundillo pueden al cansancio y la moto está lista a las once de la noche. Sorprendentemente, la escasa maleta no es el desastre habitual, parece que está todo. A dormir y mañana a disfrutar del camino.

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El miércoles amanece radiante, con un despertar cálido y despejado. Miel sobre hojuelas. Revisión de frenos, batería, aceite. Todo listo. El rugido de los Vance & Hines no es el mejor compañero para salir de una urbanización a primera hora pero, coño, peor es el taladro de mi vecino, prometido. A las nueve de la mañana nos encontramos en el punto acordado. Dos compañeros se unen a la ruta con dos motos que, a priori, no parecen lo más adecuado para un viaje de 500 kilómetros. Pero sarna con gusto no pica y todos encantados.

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El sonido de la Triumph Scrambler modificada de Iván, la espectacular Sportster Bobber de Rafael y el transatlántico con los escapes del infierno de un servidor generan ese tipo de sonrisilla bajo el casco que invita a abrir gas a la mínima oportunidad. Creo que es vox populi que este tipo de viajes hace que tu lado quinceañero brote y los golpes de acelerador absurdos se suceden al tiempo que las ganas de partir aumentan. Por su parte, Diego ha sido el más inteligente. A lomos de una Road King la vida en carretera es bella.

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Bromeamos sobre la moto “de madero” pero las risas cambian de bando cuando nos adelanta en carretera jugando con el cruise control mientras tú, con tu moto molona, intentas no salir volando como una cometa del aire que impacta en el pecho. Encima, todo sea dicho, el blanco y azul con flakes le sientan como un anillo al dedo a la touring. Una imponente Nissan Navara nos acompañará con las amantes de los exitazos noventeros a todo volumen. Ready!!

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Salida hacia Huesca. A un ritmo legal pero constante los kilómetros van sucediendo mientras los adelantamientos van haciendo el monótono viaje por autovía más ameno. A priori, tener que hacer paradas cada 100 kilómetros por la autonomía de las dos motos más espectaculares del viaje puede parecer un hándicap, pero bien sabe Dios que más de 100 kilómetros sin paradas y mi postura encima de la Wild Star no son compatibles con la vida, eternamente agradecido al peanut de siete litros de la pequeña de las Harley. Parece que no avanzan los kilómetros en el marcador, pero a buen ritmo antes de darnos cuenta estamos aparcando las motos en el hotel Sancho Abarca de Huesca.

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Hemos huido del bullicio, de los atascos, de los claxon. La tranquilidad al pasear por la noche nos abruma mientras pensamos en las carreteras que nos esperan, alguna de las cuales hemos acariciado durante el camino. Recepción en el hotel con una amena presentación de la ropa de los chicos de Komorebi y explicación de la ruta guiada de Fernando Blasco, enciclopedia de la cultura de la zona que nos abrirá los ojos para disfrutar de lo que muchas veces pasa inadvertido durante la ruta. Unas cervecitas a cargo de La Virgen, charla y a la habitación a dormir. Bien, la moto se ha comportado y estamos todos a salvo.

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El jueves amanece de nuevo con un día de cine. Desayuno y a por las motos, ¡que nos vamos! La ruta hasta Biarritz es una sucesión de curvas, paisajes espectaculares y paradas en zonas en las que te quedarías a vivir en una cabañita. Se han unido más compañeros a la ruta y nos vamos conociendo. Un elenco variopinto con Lorenzo y su grupo motero en el que puedes encontrar desde una Harley a escape libre a una flamante BMW Touring.

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Las carreteras por las que avanzamos tienen buen firme, están limpias y la moto está respondiendo bien. Me doy cuenta de que seguir a la cabeza del grupo va a ser complicado con Fernando tirando con su Bandit 650, seguido en todo momento por Oliver, llegado de Gran Canaria, a lomos de una Bonneville 1200, pero vamos a ello. Paradita para comer en el restaurante Cantere y vuelta al camino.

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En torno a las ocho llegamos a Biarritz, ¡por fin! El ambiente festivo se percibe al llegar. Motos por todos lados, escapes ruidosos, gente de todo el mundo con máquinas de mil formas, colores e incluso olores.

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El viernes amanece con un día gris, lluvioso, con viento. Vamos, una puta mierda de día en toda regla. Pero hoy son las carreras del Punk’s Peak y La Copita. De camino a Jaizkibel nos avisan de que las carreras se han suspendido debido a la lluvia. Cambio de planes, toca una vuelta por Hondarribia, donde llegamos a una calle con casas de colores típicas del norte en la que pueden verse motos y caras que se me hacen familiares. Una oteada, cervecitas y, tras unas charlas con amigos, vuelta a Biarritz. Es hora de ver el recinto.

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Al llegar a la zona de exposición del Wheels and Waves te encuentras lo que esperas. Una legión de motos transformadas, con los constructores más influyentes del sector, entre los que estaban Roland Sands, El Solitario, Valtorón, Fred Krugger, Plan B, PDF Motociclette, AD-HOC, Lucky Cat Garage, CRO y Cafe Racer SSpirit. Imposible recordar todos, pero no por ello menos importantes, además de marcas involucradas activamente en el mundo de las customizaciones, como Harley-Davidson con su The Battle of the Kings, BMW y Brough Superior.

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Un revoloteo de gente de lo más peculiar y unos cuantos buscando el punto de atención entre la multitud. La zona en la que se desarrolla el evento ha crecido en espacio y visitantes, pasando de un parking en la zona del faro a un espacio más apartado pero agradable, con zonas verdes y el mar cerca. El cambio de localización permite la instalación de muchos más estands a los que dar una vuelta para ponerte los dientes largos. Una hora después ya está todo el pescado vendido.

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Llegando al centro de Biarritz, nos reunimos con el equipo de Revival en el extranjero. Albert Noval (Reino Unido) y Tadashi Kono (Japón) se unen a nosotros, reunión familiar. Nos damos cuenta de que el albedrío no está en el recinto, sino en los bares de la zona. Calles infestadas de motos por todos lados, gente de la misma cuerda charlando agitadamente y algunos, con unas cuantas cervezas de más, empezando a sobresalir del resto. Y es que la mezcla de alcohol y motos es peligrosa y excitante a la vez. Pero Biarritz es un plácido lugar de descanso para turistas con un abultado bolsillo, por lo que la Policía viene rápidamente a poner orden. Recogemos y nos volvemos al hogar temporal entre risas, por hoy es suficiente.

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El sábado despunta igual que el día anterior. Hora de dar una vuelta en moto por la zona. Tras pasear por Biarritz, una vuelta a ver las motos del recinto que van entrando y saliendo. Por la tarde el cielo ha abierto el manto de nubes y hace un día de campeonato. Llegamos al recinto. Conciertos, amigos y birra. El evento acaba y partimos al centro a disfrutar de las últimas risas en este pueblo de encanto.

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De vuelta al centro la cosa está calentita. Esto no es Cheste pero se va acercando. Los acelerones, quemadas de goma y pasadas a todo trapo se suceden. Llegamos a una terraza frente al mar en la que suena música rock. Dos horas después el pueblo muere, a las dos a.m. Hora de volver al nido. Últimas risas, comentando lo que hemos vivido y tramando nuevos movimientos para el futuro cercano.

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Bajo mi punto de vista, el Wheels and Waves es un imprescindible en el calendario de eventos de la península y alrededores. Pese a los matices menos positivos, que no negativos, el buen rollo impera tanto en el evento como en los alrededores y tienes una exposición rodante de todo tipo de motos. Un fin de semana con motos, amigos, buen rollo y cerveza. ¡Qué más quieres! El próximo año más. Y buscadnos, que llegaremos en legión. Prometido. Ride motherfuckers!!

Texto: Borja Jiménez

Fotografía: Íñigo Echenique



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