Ángel Cañas: el escultor que da vida a los neumáticos

“Lo menos que puede pedirse a una escultura es que no se mueva”, como dijo Salvador Dalí. Pero, quizá las esculturas de Ángel Cañas lo hacen cuando nadie las mira. Los ojos de las piezas que crea a base de imaginación, talento y neumáticos reciclados brillan con esa luz que solo poseen las criaturas mágicas.       

Quizá en alguna ocasión hayas podido observar de cerca las esculturas de los grandes maestros del Barroco o del Neoclasicismo. De belleza extraordinaria, prácticamente cada una de estas piezas parece sobrepasar los límites de la realidad. Los pliegues de la ropa, los detalles de la piel… ¿Cómo es posible que parezcan tan reales si están hechas a partir de bloques de piedra? Dale una vuelta e imagina cómo será dotar de vida un material tan rudo como el caucho.

El escultor madrileño Ángel Cañas es la prueba de que solo es imposible aquello que no se intenta. Eso sí, para crear las obras de arte que él crea, se ha de tener algo más que talento o creatividad. Hablamos de un don. En un ejercicio magistral de reinterpretación de un noble arte con siglos y siglos de tradición, Cañas trabaja con neumáticos usados de cualquier tamaño, de manera completamente autodidacta y artesanal, para crear, sobre todo, figuras de animales salvajes. Casi todos estos animales están hechos a tamaño real y, en cada uno de ellos, el escultor deposita parte de su alma. A lo mejor por eso parecen criaturas encantadas: si las observas con detenimiento, creerás que las vas a ver pestañear.

Cualquiera que conozca la obra de Ángel Cañas podría pensar que se dedica a la escultura desde siempre. Pero las apariencias engañan… Antes él era pintor. Aunque, al fin y al cabo, siempre ha sido un artista en una constante búsqueda de la creatividad. “Mi vida siempre ha estado marcada por el dibujo y la pintura desde una edad muy temprana. Soy artista por elección, adoro esa filosofía punk de ʿhazlo tú mismoʾ o ʿhazlo a tu maneraʾ”.

La relación de Ángel Cañas con la escultura comienza hace apenas tres años. “Fue todo un cúmulo de casualidades. Con motivo de la crisis, mi carrera en la pintura no gozaba de un buen momento, los años se me echaban encima, acababa de ser padre… y, por si fuera poco, en un reconocimiento médico ordinario me descubren que tengo un leve daltonismo. Para mí, esto supuso un mazazo. ¡Toda la vida pintando y resulta que soy daltónico de nacimiento!”

Entonces, Ángel decide romper con todo y dar un giro a su carrera. “La escultura era algo que ya había probado, pero nunca había llegado a desarrollar. Esto, sumado a la preocupación medioambiental que siempre he tenido, me llevó hasta la escultura con materiales reciclados. Fui probando con diferentes materiales y, como no quería ni oír hablar del color, empecé a interesarme por el caucho”.

Toda relación precisa de un coqueteo previo. Así, Ángel comienza a realizar sus obras con felpudos, mangueras, piezas de automoción, de fontanería… hasta que, definitivamente, el caucho le roba el corazón. “A base de realizar pruebas con diferentes cauchos, descubro, en los dibujos y los surcos de los neumáticos, las posibilidades para hacer músculos y piel de animal. Por su material, me resulta fácil plasmar a través de los neumáticos emociones como la agresividad, la furia. De ahí que la mayoría de mis piezas sean animales salvajes”. Su primera escultura fue un espectacular rinoceronte que todavía conserva y al que tiene especial cariño. Poco más de un año después de crear esta pieza, llegaron las primeras exposiciones.

Pero ¿cómo se aprende a hacer algo así? “Aunque parezca mentira, conseguí todo lo que me proponía hacer desde el primer momento. Fue algo mágico. Conecté con este material como si llevase toda la vida trabajando con él”. Al ser el neumático un material tan inaudito para hacer esculturas, la técnica es extremadamente complicada.

“El proceso consiste en una estructura sencilla de acero y madera, a la que voy incorporando los neumáticos bien enteros, o bien cortados, mediante tornillos. Además de los neumáticos, el resto de materiales que utilizo para mis obras también son reciclados. Por ejemplo, empleo tapones de envases para realizar los ojos, o, en ocasiones, utilizo manillares de bicis viejas para los cuernos”. Aparte, usa todo tipo de herramientas de corte —tanto manual como eléctrica—, así como cualquier elemento de bricolaje que tenga a mano.

Compagina su trabajo en las esculturas con un empleo nocturno y también tiene tiempo para su familia. “Intento no marcarme tiempos y dedicarle a cada obra lo que precise”. No sigue ninguna pauta establecida ni ningún criterio académico a la hora de trabajar. Simplemente, hace las cosas como cree que van a quedar mejor. Esto se refleja en el resultado final, lo que hace que las obras de Ángel Cañas tengan una identidad propia.

“No suelo premeditar mucho cuál será mi siguiente trabajo. En cuanto termino uno, pocos días después me empiezan a venir ideas y sobre la marcha les voy dando forma. En una ocasión, empecé haciendo un ciervo y terminó siendo un cocodrilo”. En estos tres años, ya ha podido mostrar su trabajo en grandes eventos del territorio nacional. Y aunque Ángel es una persona práctica, que domina el arte de afrontar las cosas tal y como vienen, sueña con poder ver sus obras algún día en las principales ciudades del mundo, como Nueva York, Londres o París.

Quién sabe. Es posible que, cualquier noche mientras él trabaja, alguna de sus obras se escape del estudio para ir a conocer mundo.

 

Texto: Irene Mendoza
Fotos: Javier Huertas Diésel, Diego Bermúdez, Ángel Cañas



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