Valtorón, ni motos ni esculturas

Los hermanos Valtorón, Carlos y Pablo, son de esa clase de personas que te explican cómo llevan a cabo su trabajo, nunca dejas de aprender con ellos. Su pasión y delicadeza al esculpir sus carrocerías hacen que el fruto de su laborioso trabajo sea una simbiosis entre arte y máquina, entre lo abstracto y lo tangible, un cóctel en el que se mezclan en proporciones exactas formas, texturas y acabados sobre aluminio fundido.

Pero todo esto no viene de la nada. Durante toda la infancia estamos influenciados por el entorno y la gente que nos rodea, absorbiendo y archivando una cantidad ingente de información de lo que tenemos al alcance; un ordenador biológico en constante desarrollo. Y ellos se criaron entre esculturas, fundición y pintura; entre polvo, soldadura y metal; entre sabiduría, conocimiento y constancia en el trabajo.

Rafael Muyor, progenitor de los dos fanáticos de las motos, es el precursor de Valtorón. Atraído al sector de la mano de sus hijos, es una fuente de conocimiento e inspiración a la hora de crear una escultura rodante. Pintor, escultor y diseñador gráfico e industrial, Rafael se encarga de dar esa vuelta de tuerca a los diseños sobre arcilla, de la tipografía y de los logotipos. Como resaltan los hermanos Delgado, él es el alma de Valtorón._dsc2953-copia

Así, con el paso de los años, la vorágine de acumulación de motos no tardaría en llegar, concretamente motos clásicas, y si puede ser una Kawa, mejor. Son amantes de la motocicleta, pero aún más de lo que conllevan. Su pasión es rodar en moto, sea cual sea el terreno. Lo mismo les vale unas tandas de clásicas que un circuito de motocross.

Incluso su obra maestra, La Bestia, está diseñada para salir disparada con sus más de 230 cv en línea recta al cambiar el semáforo de la pista de drag a verde. Les gusta la gasolina y trastear con sus viejas máquinas, el ambiente de las carreras y compartir opiniones y vivencias tras una ruta. Son moteros de los de verdad.

Al llegar a su taller te das cuenta de lo que realmente cuesta ver salir del taller rodando una de sus flamantes esculturas. El proceso de fundición artística no ha variado con el paso de los siglos y sigue siendo un trabajo artesanal y lento. Comienzan con un modelado en arcilla, utilizando las técnicas perfeccionadas en los años de prueba y error. Dar con la forma deseada que encaje con el carácter de la moto y sea diferente es la parte creativa en la que se “pierden” la mayoría de las horas._dsc2942

Sin embargo, a pesar de ser una fase tediosa, incluso desesperante en algunos momentos, es la más bonita, ¡las horas empleadas así nunca están perdidas! Tras tener el diseño de la moto en el material básico, proceden a reproducir con moldes de escayola todas las piezas, y como resultado se obtiene el formato rígido del molde de arcilla para la siguiente fase.

Con arena de sílice, resina para fundición y un catalizador se cubre la escayola para conseguir un molde exterior que albergará el metal fundido. Posteriormente se produce el colado en los moldes del material fundido (aluminio, bronce…), y como resultado se obtiene una pieza sólida de metal en la que se puede entrever la silueta final. El proceso de fundición acaba aquí, pero la pieza dista mucho de estar terminada._dsc2928

Una vez que se tienen ya las piezas “en bruto”, comienza un proceso de soldadura y acabado tedioso. Se corta la matriz, se lija, pule y se remata con un acabado a mano que se demora largas horas. El toque final, marca de la casa, es el siguiente: metal al aire y una mínima decoración en pintura, con metales pulidos a espejo, bruñidos, envejecidos y siempre combinando aluminio con bronce. Apuesta segura.

En su haber hay cerca de una decena de motos clásicas que han pasado por sus manos para tener una segunda vida, además de los proyectos que están en camino. Su primera moto, La Latina 900, fue la que abrió la caja de Pandora y dejó salir de sus cabezas la idea de crear carrocerías únicas utilizando las técnicas que ya manejaban.

Después de esta vendrían motos de diversa índole, desde motos de dos tiempos, como La Bomba 500, con base de una rapidísima Kawasaki H1; hasta motos con aspiraciones fuera del asfalto, como La Loma 750, con una inusual base de Kawasaki KZ 750; o una Dragster, con un motor Kawasaki preparado hasta los 1 327 cc y turbo y carrocería específica para Sportster.

Lo que está claro es que tienen especial debilidad por las Kawasaki… Eso sí, sus creaciones son para su garaje particular. Llevan tanto trabajo, cariño y dedicación que al acabarlas sienten que nunca podrían deshacerse de un trozo de su alma metálica y guardan el tesoro en su colección con el mimo que requiere una identidad innegociable._dsc2924

La última creación de Valtorón les hizo reencontrarse con el arte y sus orígenes. Todo empezó cuando Jesús Curiá, escultor y motero empedernido, les encargó una moto. Los hermanos Valtorón comenzaron su trabajo habitual, pero como les sucede en cada una de sus creaciones, su espíritu creativo les clavó las garras durante el proceso, les inyectó los ojos en sangre y sus mentes dieron otra vuelta de tuerca a su obra.

Entonces volvieron sobre sus pasos y llamaron a Jesús sin saber aún que el próximo proyecto era el principio de una nueva andadura. Hablaron con él, de motero a motero, de artista a artista, y se entendieron a la perfección. Vieron a su criatura tan nítida como una obra de arte figurativa de las que suele preparar Jesús. Acordaron que Valtorón se enfrentaría con plena libertad a la moto y Jesús Curiá aportaría luego su sello.

Tomaron como base una Kawasaki Zephyr 1100 de 1993 y el arte echó a rodar para vestir de metal otra alma japonesa. Cambiaron el manillar por semimanillares, bajaron el faro y recortaron el chasis con la intención de dar cabida a su indisimulado e inconfundible monocasco de aluminio, y eliminaron todos los cromados. La parte del ciclo la dejaron casi intacta, los detalles que modificaron fueron mínimos y la gran transformación consistiría en un traje que la hiciera inconfundible.

Más tarde la obra tomó la personalidad de Curiá, cuando el escultor de arte figurativo, que suele destacar por sus obras realistas, siempre culminadas con tacos de madera, se desplazó al taller de los Valtorón para poner sus tacos y que ellos pudieran moldearlos, fundirlos e incorporarlos a la imagen de La Latina 1100. Y como toda obra de arte, el artista firmó la moto, en este caso en una placa junto al manillar.

En cuanto ves el resultado, puedes asegurar que La Latina 1100 despierta los sentidos y el acto de contemplar la moto se convierte en una pausa, un baile interminable con el talento. Te apetece tocar la obra de arte para sentirte único junto a ella._dsc4367-copia

Este proyecto ha derivado en una nueva etapa del taller de Valdetorres del Jarama, donde Valtorón creará una serie limitada de motos intervenidas por escultores. La de Jesús Curiá ha sido la primera, pero al menos esperan hacer tres o cuatro más. Ellos se encargan de contactar con los artistas, construyen la moto y el escultor deja su sello, sea para un tercero o no. Se trata de una idea que suma al placer motero el placer estético.

Sea con este o con otros proyectos en el horizonte, en su taller no cesará el goteo de clásicas en busca de unas manos que esculpan una nueva vida. Les seguiremos viendo allá donde las motos sean protagonistas y si puede ser sobre el asfalto, mejor.

Quizá lo notaste, quizá no pero una de las criaturas de Valtorón protagonizó nuestro teaser para Oldies but Goldies.

Texto: Borja Jiménez

Imágenes: Íñigo Echenique

 

 



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