Ir a Ushuaia en moto y no morir en el intento

Agustín Ostos de Soy Tribu nos cuenta su experiencia en la primera etapa de su épica vuelta al mundo en moto.

Elegí Sudamérica como punto de partida en mi viaje en moto alrededor del mundo porque allí cursé mi último año de Derecho, y sentí que una parte importante de quien soy hoy día comenzó a gestarse en los viajes que hice de mochilero por el continente aquel año. Así que pensé que sería buena idea empezar en Santiago de Chile para desde ahí bajar a la ciudad más austral del planeta.

Llevaba dos semanas fuera de Santiago, pero notaba que el viaje no terminaba de arrancar. En cuanto llegaba a un sitio, por una razón u otra, me quedaba varias noches y esto comenzó a producirme una desagradable sensación de angustia. Así que, tras visitar los volcanes y lagos de los alrededores de Pucón, me levanté un miércoles bien temprano y recorrí 600 kilómetros del tirón hasta Chiloé, una gran isla del sur de Chile.

Recorrí Chiloé primero por la costa y después por el interior. Tras degustar unas curvas exquisitas, llegué a una playa que tenía cerca una pingüinera y, creyéndome el amo del universo, decidí ahorrarme el costo de la barca y visitarla con el dron. En la playa corría algo de viento, pero —obviamente— mar adentro lo hacía con mucha más intensidad, y entré en pánico cuando, al intentar hacerlo volver, vi por la pantalla de mi móvil que no solo no lo conseguía, sino que se alejaba cada vez más.

Encomendándome al dios Eolo, activé la opción automática de regreso mientras me santiguaba una y otra vez. Por suerte, estos bichos son tan inteligentes que, en vez de luchar contra el huracanado viento, fue lateralmente hacia la playa hasta llegar a mi posición… por los pelos.

Pretendía cruzar en barco desde Quellón hasta Chaitén y continuar hacia abajo por la carretera austral. Sin embargo, las fuertes lluvias provocaron un deslizamiento de tierra en Villa Santa Lucía de tal magnitud que enterró casi todo el pueblo y parte de la Ruta 7, así que decidí volver por donde había ido y cruzar a Argentina por Villa La Angostura.

Tras cuatro ricas horas en el paso fronterizo y acordarme de las comodidades schengenianas de la Unión Europea, llegué al país del tango. Subí y bajé el cerro que separa las dos naciones con extrema precaución, ya que las curvas las cierra el mismísimo diablo. Pensé en el placer que daría hacerlas sin equipaje, con neumáticos de asfalto y una moto deportiva y, acto seguido, me autorregañé por desear algo cuando lo que tenía ya era suficientemente bueno.

En varias ocasiones, sufrí los pensamientos de una mente programada: “¡Ay, qué vídeos haría con la Sony A7S II y qué fotos, con la Canon 1DX!… ¡Ay, qué bien me vendría la estabilidad de la GoPro 6, qué planazos haría con el dron DJI Phantom!… ¡Ay, qué rápido editaría con un MacBook Pro empepinado, qué bien me vendría una novia pasajera que supiera filmar! Pero, sobre todo… ¡Ay, qué a gusto iría con la nueva BMW F 750 GS!…

“¡¡DETENTE, INSENSATO!!”, me grité. “¿Cuánta gente querría estar haciendo lo que tú estás haciendo bajo casi cualquier circunstancia?” Durante los siguientes kilómetros, puse a trabajar la almendra y llegué a la conclusión de que la fórmula del consumismo está tan bien hecha e incrustada en nuestro subconsciente que apenas tenemos algo ya estamos pensando en el día que adquiriremos el modelo superior, la versión mejorada o el supercombo kit de las tres mil leches.

Temía que en el paso fronterizo me hicieran pagar impuestos por llevar tantos aparatos electrónicos, pero no solo no me registraron, sino que me hice amiguete de Gonzalo, un agente de aduana muy simpático y jovial, aficionado a la fotografía y los viajes.

Después de una noche especial en Bariloche, me adentré en la mítica Ruta 40 con la sensación de ser el rey del mambo. La Ruta 40. ¡La mismísima Ruta 40! No hace falta ser un entendido de las motos para saber que es una de las más anheladas por riders de todo el mundo.

Comencé a cruzarme con muchos motoqueros, y a sentirme parte de esa tribu con tantos saludos en forma de ráfagas, bocinas y dedos en uve. Además, me gustaba que surgiera espontáneamente la conversación con ellos en estaciones de servicio y lugares de hospedaje y pudiéramos intercambiar por algunos minutos trocitos de aventura. Creo que el que viaja en moto empatiza y simpatiza casi automáticamente con otro motoviajero.

Este mutuo entendimiento comencé a experimentarlo en profundidad conforme fui bajando por la Patagonia. Es impresionante cómo los Andes separan un Chile verde y frondoso de una Argentina seca y amarilla rodeada de absolutamente… NADA. Y es que, salvo pasto triste y constante, no hay nada. Bueno, nada no, lo que sí hay es MUCHO VIENTO. Viento fuerte, viento racheado, viento loco, vientos de todos los colores y para todos los gustos, como si fuera el lugar del planeta donde la Madre Tierra se quejara de los malos tratos a los que la sometemos.

¿Cómo no empatizar en estas circunstancias con otros moteros? Ellos son los únicos que pueden saber por lo que estás pasando cuando coges rectas con la moto permanentemente en posición de curva, agradeces al cielo que en los momentos en los que una racha te saca del carril no vaya un vehículo por el otro, te agarras al manillar como si en ello te fuera la vida, literalmente —cuando te pasan los camiones al lado—, o soportas la lluvia, el frío, el hambre, la fatiga y las largas horas de soledad preguntándote si realmente merece la pena ir a un lugar tan alejado de la mano de Dios. Porque estás solo, solo de verdad. Por eso, cada vez que me cruzaba con otro motero solitario, agitaba el puño hacia el cielo gritando: “¡Olé tus cojones, compadre!”

Y con estos pensamientos revoloteando en la cabeza, me di cuenta de que estaba en medio de Tierra del Fuego pasando una auténtica prueba de fuego.Hacer jornadas de ocho horas con un viento de ese calibre te puede acabar quebrando la autoestima, especialmente si tienes un susto.

Iba a 120 km/h, en una de esas rectas eternas, cuando de repente sentí un fuerte tirón hacia atrás. Llovía y había puesto la capota para cubrir el equipaje con un pulpo por encima. Miré por el retrovisor y vi que dos de los ganchos se habían arrancado de cuajo y rodaban por el asfalto. Paré pensando que se me había caído algo y cuando me bajé contemplé con terror que el viento había ido sacando la capota del pulpo y estaba enrollada por completo en la cadena, como una serpiente estrangulando a su presa.

Se me heló la sangre al darme cuenta de que me acababa de salvar de un peligroso accidente. Creo que lo normal habría sido que al bloquearse la cadena derrapara la rueda y fuera al suelo de inmediato, pero por alguna razón no sucedió y pude parar antes. ¿Tenemos ángeles de la guarda? ¿Hay seres invisibles que nos ayudan? ¿O es simplemente suerte? No sé, pero me quedé tiritando de miedo, en medio de la nada, mientras a duras penas cortaba con la navaja la capota enrollada en la cadena, en las coronas, en el disco de freno trasero y por todas partes.

Continué adelante, porque no podía hacer otra cosa sino seguir, con la mente haciéndome la Yihad y el viento sin dar tregua. Una hora más tarde, me paré de nuevo para comprobar que no se me hubieran quedado cachitos de tela escondidos y acabara teniendo el accidente que no tuve. Estaba quitando pegotes de grasa cuando, de repente, se paró un pequeño coche rojo en la vereda. Bajó la ventanilla y una mujer regordeta me preguntó:

—Hola, ¿necesitas ayuda?

—No, estoy bien. Gracias.

—¿Seguro? No tienes cara de estar bien.

Comenzamos a hablar, le conté lo sucedido y me tranquilizó. Me dijo que condujera delante de ella y, si pasaba algo ella, me ayudaría. El camino me acababa de dar justo lo que necesitaba: apoyo moral. Al rato se paró, me invitó a merendar dentro de su coche y, tras charlar un poco, me ofreció alojarme en su casa de Río Grande.

Miriam es alegre, reía estruendosamente y gastaba bromas cada dos por tres.

—Oye, ¿y a qué te dedicas? —le pregunté con inocencia.

—Soy prostituta —respondió seria, para descojonarse después de ver mi cara de circunstancias y añadir yo un absurdo: —Ah, qué bueno.

Me armó una cama en el salón y mientras cocinaba me contó su trágica historia. Su exmarido era camionero y no solo la maltrató durante años, sino que también abusó de sus hijos.

Más tarde, para suavizar la tensión de la conversación, comenzó a enseñarme fotos de sus “novios virtuales” de Meetic y Badoo, y los selfisponiendo morritos que le mandaba a un cubano cachas de mi edad. Pasamos del drama a llorar de risa. Miriam es auténtica. Dormí como un lirón hasta la mañana siguiente.

Me despedí de Miriam y emprendí el último tramo con el viento igual de majadero que los días anteriores. Pero de repente comencé a encontrarme con bosques petrificados a los lados que evocaban un aura apocalíptico, y, más adelante, resurgió el verde con fuerza hasta acabar adentrándome en un paraíso terrenal.

La hora previa al destino final fue realmente hermosa. Las montañas salvajes se erguían a los lados dejando asomar ocasionalmente algún lago escondido, mientras Supernova y yo avanzábamos como si fuéramos un solo ente. Más allá de sus apagones ocasionales, se había portado muy bien durante el camino y ahora me tumbaba con ella suavemente en cada curva, aceleraba con firmeza al salir de ellas y notaba cómo la experiencia acumulada del primer mes conviviendo juntos comenzaba a dar sus frutos.

Inesperadamente, los últimos minutos, estaba tan emocionado que me di cuenta de lo que significaba llegar a Ushuaia en moto, lo que me había costado y lo que Supernova, mis huevos y yo estábamos a punto de conseguir. Aunque para algunos signifique el fin del viaje, para mí no ha sido más que el principio.

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