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Enrique San Francisco: el incombustible

Dime con quién andas y te diré quién eres”. Cuando fui a conocer a Enrique San Francisco a su casa para hacerle la entrevista, me recibió con una gran sonrisa y un cálido abrazo. Entre pregunta y pregunta –y algún que otro trago de cerveza fría–, algunos de sus amigos de toda la vida pasaron a saludarle, compartiendo espacio y tiempo conmigo. Todos eran muy diferentes entre sí, pero tenían algo en común: derrochaban genialidad.

Me contaron entre risas anécdotas de esas que solo pueden pasarle a Enrique San Francisco. También hablamos de otros recuerdos menos divertidos, pero que forman parte de su pasado, e influyen en quién es él en el presente, entre cajas. Enrique, que desborda sentido del humor, con toda naturalidad y plena confianza, se abría ante nosotros igual que nos abrió las puertas de su casa: de par en par. Y allí, inesperadamente y entre amigos, tuve una de las mejores charlas ante uno de los referentes del teatro y del cine español. Tan conocido como desconocido. Tan cercano, detallista, cariñoso y generoso como inteligente, divertido y locuaz. Todo un maestro de la vida.

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A sus sesenta y un años parece todo un chaval, es incombustible. Acaba de rodar un corto “haciendo de malo, claro”, también ha grabado recientemente un rap sobre su etapa en el cine quinqui, a la vez que prepara el guión de un programa con un formato muy particular. Por el momento, en sus planes no hay lugar para el descanso. “No pienso jubilarme. En esta profesión no te jubilas, se trata de seguir trabajando hasta que el cuerpo aguante”.

Enrique San Francisco nació en Barcelona, aunque se crió en Madrid. A los seis años rodó su primera película, pese a que empezó haciendo “un anuncio de vitaminas para niños, donde aparecía disfrazado de pirata”. Su madre, que había trabajado de patinadora en el circo “hasta que se rompió un riñón”, conocía a gente de la profesión y sabía que buscaban a niños rubios para rodar “porque era lo que gustaba entonces, ya ves qué tontería”, así que le llevó al casting. Desde el primer momento conquistó la cámara. Y no es de extrañar, porque la personalidad de Enrique es capaz de conquistar a cualquiera sin proponérselo. “Es que por aquel entonces, yo era un niño muy guapo”.

Fue a los ocho años cuando verdaderamente descubre su pasión, representando en el teatro Español El sueño de una noche de verano de Shakespeare. “Me crié en el teatro. Y puedo decirte que ni cine, ni televisión… como el teatro no hay nada”. En el fondo, su primera obra le inculcó parte de su filosofía de vida actual: “Pienso que lo que hay que hacer es vivir el presente al máximo, disfrutar de todo lo que se pueda. Si luego viniera algo más, bienvenido sea… pero yo cuento con lo que tengo ahora”.

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Cuando tenía unos dieciséis años conoció al que considera su maestro, Fernando Fernán-Gómez. “Ha sido y será el mejor de la historia del cine español. Un absoluto referente, dentro y fuera de los escenarios”.

Cuando cae el telón, las motos son su otra gran pasión. A los nueve años ya montaba una Bultaco Lobito, que fue la primera de muchas. “En Barcelona estábamos desde pequeños todos subidos a la moto, me encantaba”. A pesar de la cantidad de accidentes que han ido poco a poco dejando huella en su cuerpo, no se le pasa por la cabeza aparcar la suya. “Tengo hierros por todas partes, soy como un torero”, dice sonriendo.

Una de las caídas más graves fue hace diez años cuando, estando parado para dejar paso a una comitiva del Ayuntamiento de Madrid, le embistió un coche por detrás después de haberse saltado un semáforo en rojo. “La moto que llevaba, con el depósito lleno, pesaba más de trescientos kilos y me destrozó la pierna. Once operaciones, cuatro años, silla de ruedas, seis meses colgado de un cable… Aprendí hasta a jugar a la Xbox”.

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De aquello, además del recuerdo y algún que otro hierro en el cuerpo, le queda un enorme cuadro hiperrealista que le hizo su amigo Rodrigo y que preside su salón, donde aparece retratado con el que hasta hace poco fue uno de sus compañeros más leales, Florián, un precioso bull terrier de color blanco. La mirada de Enrique, tan clara como profunda, está captada a la perfección y parece atravesar el lienzo. Ha tenido unas quince motos. “Yamaha, Honda, BMW y hasta una Harley Luxury, pasando por la Suzuki SlingShot, que me encantaba. Ahora que lo pienso, nunca he tenido una Ducati, pero no lo descarto”. Actualmente tiene una Triumph Thruxton ligeramente modificada. “A mí lo que me gustan son los torpedos”. Él es un alma libre, vive y sobrevive bajo sus propias reglas. Y eso es admirable. “Me encanta conducir sintiendo la máquina. Entenderla y que ella me entienda a mí… Reducir cuando me lo pide, darle gas cuando se puede; en definitiva, hacer la moto mía”.

Lo cierto es que es un amante de la velocidad y del riesgo en todas sus vertientes. Lleva veinte años haciendo parapente, pero también ha saltado en paracaídas, pilotado avionetas… solo le falta hacer salto base –y reconoce estar tentado y convencido de que acabará por probarlo pronto–. Incluso ha coqueteado con el vuelo sin motor: “lo más impresionante es el absoluto silencio del que puedes disfrutar cuando estás ahí arriba”.

Algo que no ha hecho nunca es casarse (al menos en la vida real), aunque guarda muy buen recuerdo de las mujeres con las que ha estado. “Afortunadamente ellas de mí también… creo”. Tampoco ha tenido hijos, aunque reconoce que le habría encantado. “Siempre estuve con mujeres que ya tenían hijos, no sé por qué. Los crié como si fueran míos”.

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Sobre los adolescentes de hoy en día opina que “estamos pasando por un proceso complicado, nuestra juventud es el resultado de lo vivido anteriormente. Aunque adoro a la gente joven, las cosas no son como antes. No puedo entender detalles como que en el metro los chavales no se levanten para ceder el sitio a una mujer embarazada”. “Algunas noches veo a chicos y chicas de catorce o dieciséis años que podrían ser mis hijos, vomitando y tirados por el suelo borrachos perdidos; eso no me gusta”.

Con jazz bien escogido de fondo, San Francisco confiesa que, aunque en escenarios diferentes, también a su juventud le tocó vivir momentos muy duros. En plena Movida, él era una de las caras recurrentes del cine quinqui. Véase Maravillas, Navajeros, Colegas… Y luego El pico, entre otras. “Fue un tipo de cine que ya pertenece a la historia de España y para mí es un honor haber formado parte”. Pero en lo personal, no echa de menos nada. Estuvo enganchado cuatro años por aquel entonces y perdió a muchos de sus amigos “porque tuvieron menos medida”. Gracias a su madre pudo salir de ese infierno momentáneo en el que echó a perder –entre otras cosas– varios trabajos. “Si hubiera aprendido la mitad de lo que me enseñó ella, nunca me habría metido en esas gilipolleces”.

Enrique cree que el quinqui es un género de una época que ya no volverá. “Bueno, ahora los quinquis son de otra manera. Concretamente están todos en el Congreso”, afirma entre risas. “Yo creo que el cine quinqui no va a volver porque las delincuencias van cambiando por factores como las tecnologías o el momento social que vive el país. Ese fue un momento concreto, donde teníamos a algunos como héroes, porque eran los rebeldes contra el sistema y contra todo”. Pero él mismo dice: “cuando hacíamos ese cine, realmente no sabíamos lo que estábamos haciendo. Muchos de aquellos considerados héroes en realidad no lo eran tanto”. El género quinqui en los últimos tiempos se ha revalorizado “porque, desgraciadamente, reflejaba la realidad”. Si tiene que hacer balance, como con todo, se queda con lo bueno: “la de los 80 de todas formas fue una época con un panorama cultural muy interesante y con una música tremenda, entre otras cosas”. De la perspectiva actual del cine y la televisión, “prácticamente lo cambiaría todo”. En un futuro, le encantaría rodar con Brad Pitt o poder hacer el papel de Fagin de Oliver Twist, porque de pequeño ya estuvo en la piel de Oliver.

Si tuviera que volver a empezar “solo cambiaría todo lo que creo que fue malo tanto para mí como para aquellos que me rodeaban”. Y con ese brillo intenso que tienen los niños en los ojos cuando anhelan algo, añade: “Todo lo demás, lo volvería a vivir”

Texto Noah Brat / Fotos Noela Penabad



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