Ruta por Kolimá: la carretera de los huesos

Iósif Stalin tenía el mando en un poderoso y vasto territorio difícil de abarcar, en una sombría Europa que vivía años complicados y muy convulsos. Las grandes potencias se sacudían el polvo y se lamían las heridas, rearmándose de cara a un segundo asalto bélico mundial.

El primero de los famosos planes quinquenales de Stalin, a desarrollarse entre 1928 y 1932, incluía, entre otras muchas acciones, la realización de la “autopista de Kolimá, carretera que no necesitaba ninguna otra denominación, pues iba a ser la única vía asfaltada de aquella inhóspita región situada a casi 6 000 kilómetros de Moscú. En ese momento, la vía era vital para facilitar el transporte de tropas y materiales preciosos –como el oro– desde la remota Kolimá hacia la fría Siberia. Aunque el concepto de autopista aquí es un eufemismo, pues en realidad se trata de una calzada apenas pavimentada y construida sobre un terreno inestable que atraviesa zonas boscosas prácticamente inhabitadas, y que actualmente está considerada como una de las carreteras más peligrosas del mundo.

carretera de los huesos

Para una construcción de semejante magnitud, a principios de los años 30, el gobierno estalinista no dudó en utilizar mano de obra procedente de los gulags, que era forzada a trabajar en condiciones infrahumanas. Los reos se contaban por decenas de miles y a duras penas sobrevivían algunas semanas en el centenar de campos de trabajo que se instalaron en la zona, a las órdenes del Dalstrói, una misteriosa corporación creada por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Al mando de la titánica tarea, Eduard Petrovich Berzin, un exsoldado y miembro letón de la Checa conocido por sus escasos escrúpulos.

El campo de trabajos forzados situado en Sevvostlag destacaba por alojar a “enemigos potencialmente peligrosos del régimen”. Entre los esclavos que allí penaban, había prisioneros de guerra, religiosos, acusados de colaboracionismo e intelectuales contrarios a las prácticas estalinistas, que, en condiciones extremas, debían realizar el tramo de carretera que conectaría Yakutsk (ciudad de la República de Sajá, próxima al círculo polar ártico) y Magadán, la ciudad más importante de Kolimá. Concretamente, 2 000 kilómetros de carretera a construir, exclusivamente, con palas y carretillas; durante las veinticuatro horas del día, siete días a la semana… con temperaturas próximas a los -60 ºC en invierno.

Cuenta la leyenda local que cada metro de carretera costaba una vida de entre aquellos que la trabajaban. Y se enviaron esclavos de los gulags a trabajar en la carretera, ininterrumpidamente, desde su inicio hasta 1953, año en que falleció Stalin. Así que la fiebre del oro soviética sepultó, literalmente, incontables vidas humanas en la que ya era conocida como “la carretera de los huesos”: los presos que morían mientras trabajaban allí, fruto del cansancio, el congelamiento o una mezcla de ambas circunstancias, se enterraban allí mismo, puesto que sus huesos eran utilizados como material sustitutivo de la piedra natural para la construcción de la vía.

En la ruta, se encuentran ciudades como Tomtor u Oimiakón, que en la actualidad se disputan el dudoso honor de ser la localidad permanentemente habitada más fría del planeta. De hecho, se llegaron a registrar -67,7 ºC en Oimiakón en 1933, la temperatura más fría jamás conocida en una zona habitable de la Tierra.

Es difícil creer que alguien pudiera sobrevivir como para contarlo. Pero el escritor y periodista Varlam Shalámov dejó testimonio de los horrores vividos en Kolimá tras ser arrestado por sus inclinaciones trotskistas. Realizó trabajos forzados en condiciones deplorables entre Kolimá y Magadán y hasta llegó a realizar cursos de enfermería durante su agonía en vida. Tras la muerte de Stalin, Shalámov pudo abandonar aquella “tierra de muerte blanca”, como la definió en sus Relatos de Kolimá, que comenzó a escribir en 1956, cuando por fin pudo regresar a Moscú. La primera edición vio la luz en Londres en 1978 y a esta le siguieron cinco relatos más. Tras cerrar el círculo con sus obras completas, la llama de este superviviente se apagó un 17 de enero de 1982.

Hoy en día, la región de Kolimá, y en concreto la trassa –o ruta, como se denomina comúnmente a esta carretera–, es transitada a diario por muchas personas que no tienen otro remedio que hacerlo, aunque también atrae a numerosos turistas, aventureros y curiosos. Una gran parte de la carretera permanece asfaltada en la actualidad, pero aún existe un tramo casi inaccesible que en temporada de deshielos se convierte en un barrizal donde acontecen accidentes frecuentes de gravedad.

En ocasiones, la carretera, convertida en lodazal, atrapa para siempre a los vehículos siniestrados sin dar opción al rescate, mezclándolos con los restos de aquellos que trabajaron en la autopista sin descanso hasta perder la vida, y que, según dicen los locales, aún moran atormentados por allí, día y noche.

Texto: Irene Mendoza
Fotos: Archivo / Relatos de Kolimá, Varlam Shalámov

 



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