Ferry Clot: “Dragsters, muscle cars, cómics, mujeres y rock. Me inspiro en todo lo que me hace sentir vivo”

Hacía calor, mucho calor. A pocos metros de la terraza, la playa. Aburrido de tener que estar horas muertas haciendo la digestión en las horas de sol de venganza, emprendí el camino hacia los recreativos, el Facebook de los menores de dieciséis en mi época. De camino, una parada técnica en el kiosco a comprar un helado. A esas edades, trece años, tienes la vista más repartida que la lotería del Niño. Un ojo fisgoneaba las revistas de chicas ligeras de ropa mientras el otro se quedó clavado en una publicación con una impresionante Harley en la portada. Se jodió el plan de los recreativos. Al abrirla de vuelta en la terraza, Ferry Clot.

Desde entonces, personalmente, he seguido su carrera, mucho más accesible desde que internet irrumpió en las habitaciones de las casas. Hablamos con él sobre sus inicios, trayectoria y futuro. Ante una oleada de nuevos constructores, hay árboles con raíces profundas que no ceden ante el temporal. Ferry Clot es uno de ellos

Pregunta.- Todo el mundo tiene unos inicios más o menos acertados, pero que te hacen ser la persona que eres. ¿Con qué edad empezó Ferry Clot a montar en moto? ¿Y a meterles mano?

Respuesta.- Aunque a los doce años ya rodaba sobre ciclomotores, no fue hasta los catorce cuando tuve mi primera moto, una Montesa Cota 74 pasada a 172 cc. Al cabo de unas semanas ya estaba transformándola con la ayuda de mi hermano Xavi. Después tuve una KTM con la que competí en el Campeonato de Catalunya de Resistència sobre tierra y en el que quedé en segunda posición al final de la temporada.

Fui al servicio militar y a la vuelta me compré y transformé una Triumph Bonneville 750 de 1980. Le siguió una Morini New York y en 1992, el año de las Olimpiadas, conseguí mi primera Harley. A partir de esa, una FXR 1340 de 1986, han pasado por mis manos muchísimas más.

P.- ¿Qué llevó a Ferry Clot a modificar motos en vez de cualquier otra máquina con ruedas?

R.- Flipo con cualquier cosa que tenga ruedas y flipo con cualquier cosa que tenga motor. De hecho, antes de customizar motos ya me construía mis propias bicis con las que competía en carreras de BMX. También he preparado coches como el famoso Bentley del laureado periodista Jesús Quintero y otros, pero lo que más me tira son las motos, de todas las marcas y modelos, aunque me haya especializado en Triumph y más todavía en Harley.

P.- Un gran paso en la carrera de Ferry Clot fue conquistar suelo yanqui con tus motos. ¿Qué supuso tu aventura en el AMD en EE. UU. para ti y tu carrera?

R.- Aprendí que con mucho trabajo, dedicación, constancia y grandes dosis de pasión se puede alcanzar cualquier meta que uno se proponga, eso sí, sacrificando un montón de cosas y momentos que la mayoría de la gente no está dispuesta a perderse simplemente por cumplir un objetivo. Personalmente, me acercó a los mejores constructores que existían a nivel mundial ganándome su reconocimiento y más aún cuando ellos me habían escogido como el mejor.

Después, al ganar por segunda vez el Campeonato del Mundo de constructores en la categoría de Harley-Davidson modificadas, supuso la confirmación de que mi trabajo era realmente bueno y que no había sido una cuestión de suerte o casualidad. Desde entonces, pasé a ser conocido y la gente me quiere y me respeta por haber conseguido lo imposible dos veces.

P.- Parece que las transformaciones empiezan a normalizarse en nuestras carreteras. ¿Cómo ves la evolución de las transformaciones en los últimos años? ¿Tendrías una Cafe Racer en tu garaje?

R.- Tengo una Cafe Racer en mi garaje. De hecho, en 1990 ya tenía una Cafe Racer en mi garaje. Me encanta su ligereza, potencia y manejabilidad. No es nada nuevo, solo que ahora se ha convertido en una moda. Una moda barata que cuadra a la perfección con los tiempos de austeridad en los que vivimos. Hemos pasado de hacer motos tremendamente lujosas, espectaculares y con gran cuidado al detalle a motos mucho más discretas, básicas y mal terminadas pero muy, muy auténticas.

P.- Las ideas se fraguan durante largas horas de insomnio. ¿Qué inspira a Ferry Clot al ponerse delante de un chasis desnudo y tener que diseñar la moto desde cero?

R.- El diseño de la moto lo hago sobre papel, así que cuando llego a tener el chasis delante ya sé exactamente cómo va a ser. Incluso la visiono perfectamente en mi cabeza en 3D, cuando curiosamente una enfermedad en mis ojos desde que nací me impide ver en 3D. Suelo inspirarme en las cosas que me gustan: en el mundo de las carreras de Dragsters, speedway, los muscle cars, cómics, mujeres, rock, juego y todo lo que me hace sentir vivo y sentir bien.

A veces, tratando de hacer motos únicas pero funcionales y otras creando auténticas brutalidades que generan polémica a raudales al ser juzgadas y criticadas por los más obtusos. Curiosamente, estas últimas van teniendo mayor aceptación entre la gente con el paso de los años, e incluso crean tendencia y son imitadas. Y es que el cerebro humano necesita un periodo de adaptación ante lo novedoso o poco habitual, creando un sentido de rechazo inicial que se supera cuando se convierte en algo ya visto o habitual.

P.- Has emprendido un negocio, has abierto el Gasoline Cafe, en una época en la que montar algo nuevo es una aventura. ¿Harto de motos? ¿Qué te aporta?

R.- Era un reto pendiente. Siempre quise tener un bar donde poder escuchar la mejor música rock en un entorno acondicionado para esas perfectas conversaciones sobre motos, viajes, rutas, averías, transformaciones; todo lo que surgiera a raíz del efecto de la cerveza fresquita en nuestros cerebros. Es un hobby. Es una excusa perfecta para los fines de semana. De lunes a viernes sigo trabajando haciendo y modificando motos. Nunca lo dejaré, forma parte de mí. Es mi vida.

De lo que estoy harto es de la gente que viene a decirme exactamente cómo quiere la moto y no se dejan aconsejar. Y quieren tener razón. Y la cagan. Y después te ponen a parir en las redes. Ya no trabajo para ellos, por eso vendí el taller. Ahora, como cuando empecé, solo trabajo para satisfacer a mis instintos y necesidades, haciendo las motos como a mí me da la gana, directo desde el corazón con toda la fuerza del rayo.

P.- El ojo experto en un vistazo asimila si lo que está viendo es de Ferry Clot en décimas de segundo. ¿Qué es en lo primero que te fijas al ver una moto transformada? ¿Qué es lo que te rechina o no aguantas?

R.- Me interesa que tenga personalidad, que me transmita algún tipo de sentimiento. Que el conjunto, en general, me haga pararme a fijarme en ella y en sus detalles. No soporto las motos en las que no puedo encontrar ningún tipo de sensibilidad por parte de la persona que la ha creado o transformado, independientemente de que haya gastado más o menos dinero en ella. Que no guarde relación en todo su aspecto y se haya modificado por partes sin tener en cuenta su conjunto. No me gustan las motos mal terminadas, a no ser que el fin o su personalidad lo justifique.

P.- El futuro es incierto, ¿dónde quieres llegar como constructor? ¿Cuál es tu sueño?

R.- Quiero poder seguir haciendo lo que llevo haciendo desde hace treinta años, creando motos únicas con grandes dosis de personalidad y que la gente ruede sobre ellas disfrutando de la experiencia única que ello supone y, quizá, traer algún que otro Campeonato del Mundo a nuestro país para seguir impulsando nuestra pasión y darla a conocer al público en general a través de mis logros.

P.- Sabemos que no paras, ni lo harás. ¿Cuáles serán tus próximos movimientos?

R.- Terminando varias motos, un par de Bobbers y alguna Cafe Racer. También la Tora, la próxima moto con la que voy a intentar conquistar ese tercer Campeonato del Mundo, que este año se va a celebrar en octubre en el salón Intermot en Colonia (Alemania), para intentar superar la segunda posición que conseguí el año pasado. Y, sobre todo, disfrutar de mi mujer Marina y de mis hijos, tratando de vivir de una manera más relajada que la que he vivido hasta ahora. Creo que desde hace cosa de un año voy por buen camino y lo estoy consiguiendo, claro, en el sur (jaja)

Texto: Borja Jiménez