Burt Munro: el amo del viento

“Si no te vas cuando quieres irte, cuando te quieras ir ya te habrás ido”. Anthony Hopkins, en el papel de Burt Munro, The World’s Fastest Indian Burt (Munro. Un sueño, una leyenda)  

Herbert Munro, más conocido como Burt Munro, siempre tuvo un gran sueño: ser el más rápido del mundo, a lomos de su vieja Indian Scout de 1920. Su familia no poseía muchos recursos, pero, a sus veintiún años, había logrado ahorrar lo suficiente como para comprarla. Inmediatamente, se convirtió en su bien más preciado. Burt nunca se separó de ella, y, tras su divorcio, vivía en un pequeño cobertizo donde pasaba las horas trabajando en su moto, con la esperanza de, algún día, pulverizar los récords del lago salado de Bonneville.

Sus vecinos de Invercargill, un pequeño pueblo de Nueva Zelanda, no tenían demasiada fe en él. Tampoco contaba con el apoyo de su familia. Algunos conocidos le tomaban por loco, e, incluso, se reían de él. Pero nada le afectaba. Su carácter, su ingenio y su gran capacidad para afrontar las dificultades hacían que, simplemente, rendirse no fuera una opción a contemplar para él. Es difícil derrotar a una persona que nunca se da por vencida.

De forma completamente artesanal, pasó veinticinco años realizando modificaciones en su máquina. En su cobertizo los días se le pasaban como segundos, aunque no se pasaban tan rápido para sus vecinos, a los que despertaba de madrugada frecuentemente, probando los inventos que se le ocurrían para mejorar su Indian. Aprovechaba latas de conservas para el carenado, cucharas e incluso bisagras de puertas.

Para rebajar el peso del tapón de la gasolina, usó un tapón de corcho. Derritió viejas baterías de coches para extraer el plomo y así poder colocar contrapesos en su moto. Los pistones los realizó a partir de moldes hechos con arena de la playa de su pueblo. Si necesitaba aislante…, destripaba una vieja manta eléctrica. Las piezas que no le servían las consagraba a su estantería de Ofrendas para el dios de la velocidad.

Una vez termina su obra, hipoteca lo poco que queda de su propiedad para poder viajar a Estados Unidos y viaja apenas con lo puesto. Él mismo había fabricado la caja de madera que contenía su moto en el barco… y paga el pasaje trabajando de cocinero y fregando los platos. Aquel año solo había realizado veintisiete pruebas con su moto: veinticuatro en la playa… y tres en la carretera (todas ilegales). Nunca supo determinar hasta qué velocidad había conseguido llegar exactamente. También por esa razón, quería llegar a Bonneville: el lugar donde los hombres y sus máquinas alcanzan sus límites… o los pulverizan.

En 1962 el bueno de Munro llega por fin a Estados Unidos, tras media vida soñando con llegar a Bonneville. Ya había cumplido los sesenta y tres, estaba bastante sordo y le habían diagnosticado una enfermedad cardíaca… ¿Cómo iban a frenarle los trámites burocráticos? Una vez pudo desembarcar en Los Ángeles, logró un permiso para estar en la tierra de las oportunidades apenas seis meses. En un concesionario a pie de carretera, se hizo con un coche hecho chatarra, al que fabricó un remolque para poder llevar su moto y con el que consiguió conducir hasta Utah.

Llegó a la Semana de la Velocidad tras dormir más de una vez en el coche y, cuando pensaba que iba a ver cumplido su sueño, la organización le prohibía participar. Allí estaba Munro, en el mostrador frente a los ingenieros que se encargaban de las verificaciones, pertrechado con una camisa y los pantalones de su boda —los de la suerte— metidos por dentro de los calcetines.

No daban crédito cuando aseguraba que había ido hasta allí desde un pequeño pueblo de Nueva Zelanda para batir el récord del mundo de velocidad, con una moto de 1920 sin ningún tipo de homologación, que no tenía ni frenos de disco, sin paracaídas de seguridad, con neumáticos de origen rebajados por él mismo a cuchillo, llantas de radios y soldaduras artesanales.

Ni siquiera sabía que tenía que haberse inscrito meses atrás. Pero, pese a su desagradable sorpresa inicial, no se rindió. No iba a dar media vuelta sin más después de haber estado media vida preparando su moto para ese momento y haberse cruzado medio mundo para cumplir su sueño.

Su manera de ser y de superar cada una de las adversidades, con las que se había ido topando en su camino, hizo que Munro fuera granjeándose buenas amistades hasta llegar a su destino. Como no podía ser de otra manera, con su inteligencia y su pasión desmedida, se fue ganando la simpatía y la admiración de los probadores y los ingenieros. Los comisarios ni siquiera pensaron que iba a dominar la moto, mucho menos, que fuera a superar los 89 km/h que daba la moto recién salida de fábrica. Así que, quisieron levantar la mano para hacerle feliz y dejaron que Munro hiciera una prueba cronometrada.

Burt se enfundó su casco, sus guantes y sus viajas gafas y, gracias al empujón de sus amigos, enfiló la casi infinita línea negra trazada en el enorme desierto de sal. Tantas horas de trabajo dieron sus frutos cuando la Indian de Munro alcanzó los 288 km/h, batiendo el récord mundial de velocidad en moto y dejando a todos los allí presentes con la boca abierta.

Siguió acudiendo al lago salado los siguientes nueve años para seguir batiendo récords. En 1967, con su vieja Indian Scout, elevó el récord mundial hasta los 295,44 km/h. Récord mundial de velocidad que, cincuenta años después de aquella hazaña, no ha podido ser superado por una moto de menos de 1 000 centímetros cúbicos. Una moto que entonces contaba con cuarenta y siete años a sus espaldas y cuyo piloto, de sesenta y ocho, sigue en los corazones de todos ya convertido en una leyenda.

A Burt Munro se le llegó a cronometrar oficialmente a 331 km/h en alguna de sus pruebas, durante el año 1967, pero los jueces de los récords mundiales de velocidad no estaban presentes. El 6 de enero de 1978, a los setenta y ocho años de edad, Munro nos dejó. Pero su espíritu sigue alentando los sueños de miles de hombres que, inspirados por él, acuden con sus máquinas al lago salado.

Texto: Irene Mendoza
Fotos: Archivo, The World’s Fastest Indian Burt (Munro. Un sueño, una leyenda)  

Este reportaje y muchos más, en el Número 21 de Revival Of The Machine. ¿A qué esperas para hacerte con el tuyo?