Inspira, Aire de Bárdenas.

Observa el paisaje desértico cincelado por el viento. Está vivo. Recorre de puntillas el horizonte una y otra vez sin dar un paso. Apresúrate a resguardarte en un mundo sin muros, experimenta la libertad cautiva del atardecer. Tu atardecer. Expira. Saboréalo. Disfruta de este oasis de paz que reside entre lo real y lo imaginario.  

Cerca del Parque Natural de las Bardenas Reales, termina mi inesperada ruta. Al llegar a la entrada del que he elegido al azar como mi refugio, entre muros hechos con pallets, me sacudo en silencio la prisa de la ciudad y el polvo del desierto casi lunar que acabo de atravesar.

Miro alrededor: la nada. El silencio es casi absoluto. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Parece cosa de la inercia… quizá pura atracción. O quizá solo sea que el tintineo de las tímidas luces del cartel de la entrada me brindaba la última oportunidad de hacer un alto en el camino antes de que la noche hostil cayera sin remedio sobre mí. Nada más quitarme el casco, me azota el intenso cierzo sacándome bruscamente de mis pensamientos e invitándome a pasar.

Así, con el cansancio a cuestas y a punto de caer la tarde, atravieso el umbral de un nuevo mundo pensando en una ducha caliente. El lugar es simplemente insólito. Enmarcado en el entorno con el que se fusiona, Aire de Bardenas no parece un sitio de paso. Entremezclados de forma sorprendente conviven en él la vanguardia, la alta tecnología industrial y elementos de aspecto povera. Definitivamente, es mi día de suerte.

Llave en mano, dejo atrás la recepción y cruzo el patio central, que se las arregla para cerrarse al viento y abrirse a un bosque de chopos particular y a una zona de recreo equipada con piscina. Piedras de la zona, incrustadas, pulidas y vistas descansan en las paredes del bar, que pasaré de largo también (por esta vez). Un sendero, que juega con el paisaje, las luces y las sombras, me lleva a mi habitación, con patio y un árbol frutal incluido.

 

El exagerado vano de madera en el ventanal de mi habitación tiene algo de adictivo, casi mágico. En mi palco privado, lejos de acordarme de la cama y acomodada entre cojines a resguardo del viento, podría ver pasar las horas como si fueran segundos. El paisaje, verdadero protagonista del espectáculo, me regala un pase privado inolvidable. Es un gran lienzo vivo, en el que la paleta de colores cambia casi a cada instante.

Sin duda, este lugar me acompañará cuando me haya marchado.